Hace 33 años ingresé como profesor a la UAM en Iztapalapa, aún muy joven pues apenas contaba con 24 otoños en mi cuenta regresiva de vida. No imaginaba que me iba a convertir en habitante de la delegación más grande de la nueva Ciudad de México. En mi costal de vivencias guardo celosamente recuerdos inolvidables, gratos y no gratos. Una mañana dominguera, vagando por el mercado que se encuentra casi a un costado de las oficinas de la delegación, aparecieron en mi mente varias preguntas que vinieron de observar la vendimia callejera: ¿de dónde viene toda esta gente?, ¿estos viejos tendrán algo que contar?, ¿quién inicio las pachangas religiosas que año con año se llevan a cabo en distintos barrios de la delegación?, ¿qué son las mayordomías?, en fin. Por fortuna, hoy tuve la buena suerte de leer en este número de nuestra querida revista Painani el relato que hace Elizabeth Hernández en su artículo Iztapalapa: en busca del pueblo perdido. Allí encontré respuesta a muchas de mis interrogantes a través de una espléndida escritura de la autora.

Mario Pineda Ruelas

*Fragmento de la editorial de Painani, año 3, núm. 13